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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

I. Introducción
¿Es “el rango o la fuerza” lo que determina el valor de una teoría? El hombre, a pesar de creamos lo contrario, posee un carácter de la especie innato más fuerte que el individual y nos encontramos siempre ante las mismas circunstancias con las mismas reacciones. Cada nuevo hombre expresa ese carácter genérico sin posibilidad de aprender de la experiencia pasada de otros hombres. Por eso, toda nueva teoría se encuentra en desventaja con su pequeña verdad como en su día lo estuvo Galileo ante la fuerza con la que los Papas podían defender su interés. Así que bien sabemos que la razón nunca podrá reclamar justicia y que si quiere imponerse al error deberá hacerlo como éste, por la fuerza.

II. El rango: La causalidad
La sorprendente teoría del origen racional de las vanguardias es muy respetuosa con la verdad filosófica. Su incomprensión solo podría provenir por el hecho de que se opone a las creencias dominantes en la sociedad. El “nada ocurre sin una causa” es el principio del desarrollo de esa teoría. Ninguna otra teoría de arte del siglo XX parte de una verdad previamente admitida y todas establecen consideraciones propias que conducen a sus respectivas conclusiones.

Negar la posibilidad de aplicación de este principio fundamental de la causalidad supondría resucitar por enésima vez la controversia sobre el libre albedrío, resuelta siempre en contra de su existencia. A pesar del respeto  a este principio se podría negar su aplicación al caso concreto. Lo que querría decir que el artista hizo aquello pudiendo haber hecho otra cosa. Se estaría afirmando teóricamente una verdad y negando su posibilidad empírica, cayendo en contradicción.

Nada ocurre sin una causa equivale a decir que todo tiene una explicación. Tal y como entendemos nosotros la creación artística,  como imposibilidad de ofrecer otra respuesta en un momento determinado por unas circunstancias, resulta que la necesidad viene explicada por los principios de razón suficiente y estos son los que se han aplicado al desarrollo de la teoría del origen de las vanguardias.

III. La inversión de valores: ¿Error de percepción?
Podrían presentarse argumentos no teóricos en contra de la aplicación de los principios a las corrientes que hemos definido en virtud de la mera contemplación de las obras. Por ejemplo, podría alegarse, a la vista de las pinturas expresionistas, que tales composiciones contienen la totalidad de los elementos constitutivos de la obra de arte. Pero eso no es más que descripción y no análisis, es percepción de la forma y no comprensión de su esencia. Algo parecido podría decirse respecto del cubismo, en el que también se observan figuras. En ambos casos, no se realizan más que comentarios sobre el aspecto de la obra y no se ofrecen razones sobre el origen de su creación.

Pero esa argumentación ya no resulta aplicable a la corriente matericista y resulta imposible afirmar que el arte matérico, el conceptual y el abstracto contengan por separado todos los elementos de la obra, cada uno de los cuales está presente en cada uno de esos movimientos. Entonces, si el principio de razón se cumple en una corriente, necesariamente se cumplirá en las otras. Curiosamente, en total hay tres corrientes, una por cada principio de razón, ya que la motivación no es aplicable a la materia.

Es imposible no achacar a la casualidad el cumplimiento en las vanguardias de resultados que responden a principios filosóficos cuando además se puede constatar que las corrientes se desarrollaron en tres formas igualmente estructuradas lo que confirma la hipótesis inicial. Es imprescindible entender que se ha actuado de esa forma por necesidad que, en las condiciones en que la evolución del arte le había dejado, la causalidad obligaba a dar el paso siguiente sin el cual se cerraría el camino a toda otra posibilidad de creación. La evolución del arte no puede detenerse en lo pasado ni puede dar saltos aleatorios. Pero la evolución no está incondicionada y su desarrollo  tendrá una lógica que habrá de ser la que recoge la filosofía, los principios de razón del ser, del devenir y del conocer. Y ha de ser así por una razón muy simple, porque, si son principios, son universales y  tienen aplicación siempre, de lo contrario, no serían principios, dicho de otra manera, porque no hay otra cosa. En consecuencia, la obra de Schopenhauer debería haberse titulado “La cuádruple raíz del capricho de razón insuficiente”.

Pero debemos tener clara esta cuestión, esa teoría no establece la obligación del arte de someterse a principios de razón, se limita a constatar que los artistas de las vanguardias realizaron un análisis del arte mediante principios de razón. Y tampoco establece la aplicación de los principios a obras anteriores en las que el artista presentaba una idea.

Si el arte del siglo XX hubiera mantenido la idea en la obra podría haber mostrado la belleza, el amor, la emoción, la divinidad, la heroicidad, el dolor, la alegría, los conflictos, la muerte… pero todas estas cuestiones ya habían sido tratadas y se entendió que ya no se podía seguir tratando de las ideas porque sería repetir la misma historia del arte que se había vivido. Se eliminó la idea pero se mantuvo la creación de obras (lo cual ya constituye una evidente contradicción del fin del arte anunciado por Hegel). Ahora, la obra no está condicionada por lo inmaterial sino por lo material. Una vez que se eliminó la idea del arte solo quedaba estudiar la parte material, el fenómeno, y este se explica por los principios de razón, salvo que creamos que la gravedad atraerá unas veces a la piedra y otras no, y se admita que no es posible determinar en qué casos caerá la piedra sobre la tierra (o como dice Schopenhauer, creer que el árbol que el año pasado dio peras, este dé manzanas). Quienes comprendemos que la gravedad actuará de forma invariable y que necesariamente la piedra caerá siempre, entendemos que hasta la motivación, que está contenida en la causalidad, actuará con el mismo rigor que las demás causas y que de esa regularidad podemos extraer una conclusión que denominamos ley, por la cual podemos explicar toda conducta y todo suceso. Y repetimos: la intención (o motivación) del artista de principios del siglo XX era analizar científicamente el aspecto material de la obra de arte, lo cual solo es posible hacerlo mediante principios de razón, y así lo hizo.