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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

IV. Introducción

– Qué te pasa – preguntó Grigori, mirándole amenazador por debajo de las gafas.

– Nada. Dios creo la luz el primer día y el sol, la luna y las estrellas, el cuarto ¿Cómo, entonces, resplandeció la luz el primer día?

Grigori se quedó de una pieza. El chico se quedó mirando burlonamente al maestro. En su mirada había incluso una cierta altivez. “¡Así!” gritó, sacudiéndole un furioso bofetón al discípulo.¹

V. La fuerza: El derecho social a establecer la verdad

Con harta frecuencia hemos comprobado las disputas jurídicas de diversos profesionales para delimitar sus competencias frente a otros titulados. La sociedad ha llegado a tal exceso normativo que ha acabado por creer que lo que no esté regulado carece de valor, que solo posee valor lo reglado. Lo contrario significaría que la sociedad está equivocada y eso no resultaría admisible ¿Para quién no resultaría admisible? Para la sociedad. Esa idea abriría el suelo bajo nuestros pies, eliminaría nuestra seguridad, produciría dudas y temores, y tales creencias abracan muchos aspectos incluido el de determinar la calidad humana por la condición social; en consecuencia, preferimos una fe a una verdad.

La sociedad ha acabado convencida de que no existe más pensamiento que el aceptado socialmente. El pensamiento no es un derecho natural, es una concesión social. Es necesario estar titulado para pensar. La sociedad mercantilista, que ha aceptado el hecho de que el arte es una mercancía más, debe percatarse de que la crítica de arte y cualquier otra teoría son elementos de producción y consumo, y que las ideas son meras mercancías. Como a todo comerciante, al docto no le preocupa el uso que su clientela haga de sus artículos, lo esencial para el vendedor es el importe de la transacción que valora en dinero y en prestigio. Magíster dixit, y con razón o sin ella no admite ni siquiera argumentos lógicos que son perjudiciales para su comercio; si una nueva marca introduce un nuevo producto en el mercado creará competencia que reducirá sus ventas y con ello sus beneficios. Por lo tanto, la razón es secundaria cuando estamos tratando de asuntos más importantes, de valores sociales: del prestigio y del poder del pensador. Una nueva verdad solo puede ser admitida, cuando la introducen empresarios de una sinarquía con capacidad social para decidir qué es bueno y qué es malo, qué es admisible y qué no es admisible, no porque sea bueno o malo en general sino porque beneficia o perjudica a sus intereses, y cuya quiebra causaría pesar en el ánimo social por la pérdida de una creencia.

VI. La inversión de valores: ¿Amor a la verdad?

Pero en numerosas ocasiones la sociedad se ha visto obligada a mudar sus creencias y no se ha hundido otro mundo que el del pensamiento de los que poseían aquella vieja fe con la que se arreglaban en la vida. Una generación más tarde, la sociedad habrá asumido la nueva verdad y la tendrá incorporada como creencia. Entonces pedirá que no se la cambien: ¿Qué podrían hacer sin su fe?

No es cierto que el arte del siglo XX no pueda ser interpretado con principios filosóficos clásicos, esa afirmación la realizan quienes, incapaces de aplicarlos, niegan que se pueda conseguir con lo que evitan que se perciba su incapacidad. Y lo que no puede hacer la filosofía es confirmar la creencia, primero de los artistas y luego de la sociedad, de que las vanguardias constituyeron una forma tan sublime de expresión que superaba todo lo anterior. Tal sentimiento de superioridad se confirmaba con la suposición de que ni la filosofía habría alcanzado a concebir tanta grandeza. El supuesto valor inconmensurable del arte del siglo XX  dio pie a que se elevara la categoría del arte y del artista por encima de la filosofía y de los filósofos, pero el tiempo no traerá nunca nada nuevo bajo el sol y las cosas son como siempre han sido. A pesar de que vivimos en un período de confusiones, que se prolongará mucho tiempo, en el que el hombre corriente cree estar en posesión de la verdad cuando expresa cualquier opinión, el auténtico pensador debe buscar  el sentido último de los hechos y, ciertamente, le buscará en su corazón pero le expresará con razones: Mediante relación de principios. Hemos visto que el arte del siglo XX no es inescrutable  y que no es superior a otras formas artísticas, al contrario, hemos demostrado que el hombre moderno, de tan racional que es, solo pudo realizar en el arte análisis científicos: El arte del hombre racional es arte científico y, precisamente por ser así, es perfectamente identificable y analizable.

El problema de la aceptación de una teoría no es un problema de su calidad. Piénsese en cuántas teorías contradictorias están en circulación y nadie les ha pedido la documentación ¿cuántas la poseerían? El valor de una teoría se establece por el prestigio social del autor. Cuando falta el reconocimiento personal, una nueva teoría se enfrenta a dos obstáculos, el primero, la fuerza que poseen quienes tienen ideas distintas y, el segundo, la incapacidad de comprender una teoría, incluso razonada, que se oponga a una creencia fuertemente establecida, lo que es sorprendente y digno de un estudio minucioso. A los teóricos solo les interesa el conocimiento cuando le pueden poner al servicio de su voluntad. Es necesario esperar la llegada de sus sucesores para que, libres de consideraciones emocionales sobre su paternidad y con referencias sobre la nueva interpretación de la cuestión, puedan aceptar las teorías de sus predecesores por su calidad.

Toda teoría posee, al igual que la obra de arte, dos aspectos, el interno de su contenido, y el externo de su exposición. Este último puede ser manipulado en función del interés del manipulador haciendo que se olvide el aspecto esencial mediante su valoración coyuntural. Por ello, es preciso aclarar que la cuestión que se plantea en este escrito, que puede ser objeto del mismo error de interpretación,  es si los pensadores han dicho todo lo que podía ser dicho y si todo cuanto ha sido dicho es cierto. Esto último resultaría ser más grave que lo primero pues aquello implicaría que nos han ocultado la verdad pero esto que nadie ha sabido ver el error o que nadie quiere reconocerle porque vivimos mejor con él. En ese caso, descubrir el error  produciría terribles consecuencias y no sería la mayor el dudar del pensador: ¿No estarían todas las conclusiones confundidas por valoraciones sociales como en su día estuvo la filosofía condicionada por cuestiones religiosas? En tal supuesto, ¿Cómo deberíamos actuar? ¿Deberíamos despertar al soñador o le dejaríamos seguir soñando?

Nota 1.- Fedor Dostoiesvski, Los hermanos Karamázov, Círculo de Lectores, Barcelona, 1969, p. 180.