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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

Partiendo de la comprensión de la obra de Schopenhauer “El mundo como voluntad y representación” nosotros hemos concebido el arte como voluntad y representación del artista.

El arte como voluntad significa que la obra de arte, cuando es una obra de arte y no un sucedáneo, es la expresión del sentimiento del hombre, por lo tanto, contiene su voluntad y, si la buscamos, la encontraremos. El arte como representación significa que consideramos la imagen que ofrece el arte un objeto del mundo, por lo que puede ser estudiado con los principios de razón, tal y como hemos hecho con las vanguardias.

Aparentemente existe una dificultad para aplicar la causalidad a la representación que realiza la obra de arte, es decir, puede pensarse que existe una imposibilidad de considerar la representación artística como representación, como objetivación de la voluntad.

La obra principal de Schopenhauer se ocupa del mundo. La obra de arte constituye un objeto del mundo cuando se percibe solo su construcción material olvidando la representación artística que nos ofrece.

En su obra, con el ejemplo de la bola de billar que golpea a la segunda bola, se aprecia con suficiente claridad el sentido de “el mundo como representación” así como la validez de los principios de razón y de la ley de la causalidad.

Cuando un bólido viaja por el espacio y colisiona contra la tierra entendemos que un cuerpo que recorre libremente el espacio puede llegar a encontrarse en algún momento con otro cuerpo y colisionar con él. En este supuesto basta aplicar la ley de la causalidad para entender lo que ha ocurrido. Pero en el caso del juego del billar es el jugador el que busca la forma de que la bola siga una determinada trayectoria para provocar una colisión y además busca que, después de ella, las bolas sigan una trayectoria conveniente para acabar parándose en un lugar preciso. Cuando un jugador realiza esta operación adecuadamente  puede conseguir que las tres bolas acaben juntas en un lugar de la mesa. Entonces, el espectador observa que las tres bolas, formadas por una materia, aparentan una unidad, aparentan formar otro cuerpo, un objeto, cuya forma, por ejemplo, un triángulo, es consecuencia de la cuidada elección de las trayectorias de las bolas que se ha realizado de forma intuitiva pero, que no por ello, deja de ser resultado de la utilización de una técnica cuya aplicación ha estado condicionada por la motivación del jugador.

Con el arte ocurre lo mismo. La acumulación de materia en un lienzo se explica por la causalidad y los principios de razón, pero la representación que aparece  se percibe como un objeto distinto del meramente material del soporte cuyas causas y fundamentos no serán ya la simple acción mecánica, el choque o la elasticidad, sino las leyes de la representación y de la percepción. Es decir, se realizan cambios en la materia acumulando elementos sobre una superficie persiguiendo que esa acumulación adquiera una determinada forma que al ser percibida por un espectador semeje la percepción de un objeto del mundo real, la cual tampoco proporciona el conocimiento completo ni objetivo del objeto y solo proporciona la percepción que se tiene desde una determinada posición de observación. Esta información, parcial luego también falsa, que ofrece la percepción real es la que permite identificar una construcción artística con un objeto real.

El arte de la pintura (Alegoría de la pintura), Johannes Vermeer (1666)

A la construcción artística se le impone, en primer lugar, las conocidas leyes de los cambios de la materia, por ejemplo, la de adherencia del óleo al lienzo. En segundo lugar, la aplicación de los pigmentos debe cumplir las leyes de la perspectiva desarrolladas por el conocimiento humano para lograr la deseada percepción figurativa. Cuando se nos dice que un cuadro es, antes que una batalla o una figura, una superficie cubierta de pintura se nos está ofreciendo una interpretación parcial de la obra, por lo tanto, falsa. Confundir esa descripción con una definición impide distinguir un cuadro de una pared pintada. Pero, visto con nuestra perspectiva, tal vez fuera esa la pretensión de tal expresión, la cual no hubiera sido concebida cien años antes. Si, como ya sabemos, las vanguardias descompusieron la obra en sus elementos, era necesario restar valor al conjunto para poder justificar la presentación independiente de las partes. Entonces, era necesario resaltar la materialidad de la obra, era necesario hacer olvidar la existencia del otro valor inmaterial. Si el científico puede reducir un hombre a huesos, músculos y órganos, el artista puede reducir la obra a materia, técnica y figura. Pero ambos técnicos se han olvidado de lo esencial en cada caso, de lo que  da sentido  al hombre y al cuadro, de la vida y de la idea.

Obviamente, admitir que un cuadro es algo más que una superficie cubierta de colores es una falsedad, y esta es la falsedad del arte de la que ya nos hablaban los sabios de Grecia, y junto a la cama real del carpintero y la cama ideal de dios, nos presentaban la falsificación de la cama del artista. En la falsificación del pintor colabora necesariamente nuestra imaginación al aceptar que aquellas manchas sobre una tela son una cama. Por convenio, aceptamos la existencia de un objeto representado mediante una técnica artística como si se tratara de un objeto real cuando en realidad no existe: La representación no es más que una falsa interpretación de la percepción que recibimos pero, a pesar de todo, decidimos aceptar esa percepción como un objeto. Si se nos intentara imponer que la representación no es un objeto, lo admitiríamos, siempre y cuando se admitiera que no existe la obra de arte y que, al mirar un cuadro o una escultura, no se puede percibir ninguna figura y únicamente una materia, devolviéndonos a la realidad pero negando la existencia del arte.

En caso contrario, debemos admitir que el pintor ha construido una cama y que ese objeto queda sometido a unos principios artísticos aunque como principios sean tan falsos o tan artificiales como el objeto representado pero debemos, para colmo, darles también validez si queremos lograr el efecto de la percepción artística.

La representación del arte es una falsificación del objeto pero, mientras no neguemos el arte, no podremos el objeto y dentro de la obra de arte seguiremos viendo una parte del mundo que se habrá generado de alguna forma y, dado que todo tiene una causa, todo tiene una explicación, y esta solo nos la pueden ofrecer los principios de razón.