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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

La obra de arte se ha construido siempre con las mismas leyes, pero hasta el siglo XIX el objeto del artista era mostrar una idea y no tenía sentido analizar los dos aspectos de la creación de la obra, la material, sujeta a leyes naturales, y la representación, sujeta a leyes de la percepción.

Las vanguardias entendieron que el arte era una falsificación pero que así todo la representación era un objeto y analizaron los elementos con los que se compone la falsa imagen pues, como decimos, la mera acumulación de materia no produciría ningún arte. Las vanguardias deseaban aclarar la diferencia entre acumulación de elementos y la representación artística. Dicha acumulación debía seguir algún tipo de norma para lograr el resultado que se había fijado el artista.  Para ello era necesario conocer esos elementos y buscar los principios del arte, artificiales, fuera de los principios reales. Los artistas los identificaron intuitivamente. Nosotros los hemos presentado racionalmente.

El mérito que se atribuyó al arte de las vanguardias era el de la superación del arte anterior, mediante la superación del espacio y la figura y mediante la percepción sensible e inmediata de la representación que debía producir en el espectador un conocimiento como el musical y una emoción idéntica. Pero tal hecho hubiera supuesto que las vanguardias serían una forma de romanticismo, pues el romanticismo excita la emotividad. Las artes plásticas no pueden perseguir los mismos objetivos que la música o la poesía. El sentido interno era el análisis científico de los elementos que componen la obra de arte y el sentido externo, en este caso, coincide con el interno, puesto que las vanguardias son ciencia. Pero la crítica no comprendió el significado interno, y atribuyó la intención política de la mayoría de los artistas, que era lo que comprendía, como contenido de la obra. Un pequeño análisis hubiera permitido entender que si había algunos artistas no comprometidos, el arte del siglo XX no podía reducirse a la intención trasgresora. Pero a los críticos no les interesaba una mayor profundización y la definición alcanzada les resultaba conveniente. Tal definición ha logrado condicionar la creación artística del siglo XX, para satisfacción de los críticos y reducción de la creatividad.

El crítico desea que el artista sea subversivo. Así se desvirtúa el arte, se le reduce a una función, se toma una parte como el todo, el uso se convierte en su esencia y se le falsifica. La crítica ha conseguido influir en las tendencias del arte pues muchos artistas han quedado convencidos de que la subversión era el único sentido de la creación y, aunque razones más poderosas aumentarán esta tendencia, la prueba de la fuerza, el éxito de su propuesta, ha convencido a los críticos de que estaban en poder de la verdad.  Nosotros ofrecemos al artista un nuevo destino, el de siempre, superar el arte anterior. Esa es la función del artista. Luego, cada cual puede poner el arte al servicio de sus creencias, así se le otorga una función. Dotando a la obra de un significado interno y un uso externo.

Para el crítico moderno debe resultar terrible esta realidad: Que, cuando el artista ofrecía su obra a los reyes o a los dioses, realizaba un arte superior a cuando brinda por los hombres: La fragmentación social se ha reflejado en la fragmentación de la obra de arte. Pero nosotros no podemos caer en la confusión de causas y efectos: Cuando el artista era capaz de dar unidad a la obra mediante la introducción de una idea y veía la grandeza de su creación, se la ofrecía a los dioses: Porque entonces… entonces, creía en los dioses.

El banquete de los dioses (Frans Floris de Vriendt)

Agradecimiento

Ni siquiera la indiferencia puede quedar sin una justa retribución, también es una injusticia no administrar justicia. Cantemos en su honor unos versos, no merecen menos quienes no aceptan argumentos racionales, aunque puede que no los entiendan:

Por vosotros, bravos carreteros:

La verdad más tardía, la más segura.

Altivos ante la razón como ante Dios.

No poseéis ni entusiasmo ni humor,

Menos aún genio o espíritu,

Y despreciáis a quien lo tiene. [1]

Nota 1.- Recreación de los versos de Nietzsche presentados en Más allá del bien y del mal (Alianza Editorial, 1886)  que, en Traducción de Andrés Sánchez Pascual, dicen:

¡Salud a vosotros, bravos carreteros, / Siempre “cuanto más largo, tanto mejor”,

Tiesos siempre de cabeza y rodilla, / Carentes de entusiasmo, carentes de bromas,

Indestructiblemente mediocres,  / Sans genie et sans esprit! [¡sin genio y sin espíritu!]