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por Clara Astiasarán

“Necesitarás:
Papas peladas, sal y aceite (mejor de oliva) para freír.
Así se hacen:
Corta las papas en rodajas. Corta las rodajas en tiritas. Ponlas en una
fuente y échales sal. Déjalas allí
unos minutos. Calienta una sartén con aceite. Fríe un par de puñados cada
vez hasta que estén doradas y
crujientes por todos lados. Ponlas en otra fuente cubierta con rollo de
cocina.
Para acompañar cualquier cosa.”
(Tomado del web http://www.geocities.com/buenascomidas/pomme_frites.html)

“Una imagen vale más que mil palabras”
Sabiduría popular


Es sintomático, más allá de fronteras geográficas e ideológicas, que el arte contemporáneo –sobre todo las últimas dos décadas- haya situado en el fenómeno transnacional, así como en el de fast food gran parte de sus expectativas y soluciones iconográficas.

Esto no es casual, si atendemos al desplazamiento de las estructuras de poder que lo iconológico ha sufrido a lo largo de la historia, desde los tempranos tiempos del cristianismo. Luego de la crisis iconoclasta desatada por León III en el año 726, se sabe que la relevancia de la imagen va precedida de una necesidad, fundamentalmente didáctica y proselitista, de ser convertida en objeto de culto.

En su ensayo El lazo especular de Guy Le Gaufey -Director de la Escuela Lacaniana de París,- proponía un “estudio travesero de la unidad imaginaria” y sus consecuentes respuestas y aplicaciones en el actual universo simbólico, a partir de la imposición de la imagen de Dios como modelo teórico sobre el cual se construye el devenir del imaginario occidental.

Con las habituales correspondencias históricas y contextuales, el arte ora exaltando, ora subvirtiendo, ha tratado con voluntad casi teologal los emblemas de poder cultural y económico. La segunda mitad del siglo XX y en particular la fuerte tendencia que marcó el Pop Art, redefinió el objeto de producción masiva como un símbolo de estatus y de todo el orden “evolutivo” (casi biológico) de una época.

Valen estas aclaraciones para hacer una aproximación al proyecto “escultórico” Fast Food de Carlos Miguel Imbach. Proyecto que recupera del Pop Art la capacidad de elección objetual en medio de una dinámica discursiva muy apegada a los cánones de “lo escultórico” en su sentido menos tradicional –no por ello menos legitimo- y que también establece un juego de carácter semántico con otras prácticas artísticas (las prácticas seriales en este caso), desestimando la capacidad de objeto único y con esto fuertes raíces modernas –que aún persisten en la academia nacional- como la obra de arte única, el autor, el virtuosismo técnico entre otras.

Imbach había elegido, en la primera entrega del proyecto, el clásico combo de MacDonald’s. Esta no es una elección casual, pues como bien aclaraba Roland Barthes en El placer del texto, nuestro encuentro inicial con las cosas nunca es un inicio; siempre tiene una carga de orden simbólico que le ha conferido su uso y su utilización en una cadena amplia de relaciones sociales, políticas e ideológicas. Luego Imbach se concentra en una serie de esculturas en resina de las papas fritas de dicho combo. Una especie de elección del detalle de una obra, un ejercicio postmoderno, que alude a los procesos de historización y comprensión del arte desde la práctica de la minuciosidad.

El artista bajo procedimientos químicos, lo que incluye el trabajo con resina (como especie de simulacro del vidrio y así el distanciamiento habitual que este material le confiere a un objeto: la hidalguía) convierte esta serie de paquetes de papas fritas de MacDonald´s -todas idénticas- en una serie de esculturas. Sería simbólico aclarar que la serie son 7 piezas idénticas y todo el contenido que el número 7 tiene para diferentes tipos culturales e históricos.

Esta disección simbólica, responde a que el proyecto de Imbach está sujeto a un análisis desde las semióticas textuales. Así toda propuesta susceptible de ser penetrada e interpretada a la luz de estas investigaciones es un texto artístico.

La exaltación de un paquete de papas fritas, símbolo inequívoco de la cultura de consumo y de los nuevos líderes epocales en lo que cínicamente podríamos llamar new age around the world, también establece un contrapunto con la esterilización del objeto, que es refuncionalizado desde una perspectiva estética en esa pequeña transacción de Imbach de reeditarlo ante otra dinámica de consumo: el espectador de “la obra de arte”.

Decía Pascal que “puesto que la naturaleza ha muerto, cualquier cosa puede ser naturaleza”; esta máxima da pie al artista a reedificar un nuevo panteísmo, una segunda naturaleza, la que esta dada en el objeto cotidiano. Introduce aquí una cantidad de tensiones que van desde lo interior de lo artístico, la propia crisis representacional que sufre el arte hasta la crisis de la originalidad mientras se obliga a hacer un análisis escatológico, una taxonomía de su época y su contexto, así como de su papel como productor simbólico, ante la consecuente fatiga de aquello que hemos dado en llamar “lo contemporáneo”.

Por eso esta obra también es una suerte de cita a la historia del arte: el objeto tipificado de Duchamp, la sopa Campbel de Warhol, la chatarra escultórica de Claes Oldenburg, la erótica objetual de Jeff Koons hasta conciliar con casos más cercanos como las cajas de Corn Flakes del guatemalteco Darío Escobar.

Este guiño, para nada ingenuo, viene acentuado en la adulteración del objeto mismo, su gesto metatextual no está confinado a la mimesis, porque no imita el objeto, lo engrandece. Así el uso distante y cuidadoso de la dimensión originaria del mismo, hipnotiza y difiere nuestra atención hacia la realidad industrial y su correlato en la absorbencia del consumo.

Como en esos procesos, que dominaron el cristianismo y la perseverante postura occidental hacia la imagen, Dios dejó de ser para ser su representación. Ese desplazamiento del objeto de culto al objeto esculturado, al objeto como fetiche y construcción estética, desproporcionado y descontextualizado, es parte central en la propuesta artística de Carlos Miguel Imbach. Asumir este ejercicio desde la serialidad(emulando también la reproductibilidad trasnacional), agudiza esa perversión de lo tautológico y lo introduce en un laberinto de espejos y perplejidades lingüísticas, aquellas que difieren el referente para siempre y no sabemos –no sabremos más- si alguna vez las papas fritas no fueron así.