
El artista bajo procedimientos químicos, lo que incluye el trabajo con resina (como especie de simulacro del vidrio y así el distanciamiento habitual que este material le confiere a un objeto: la hidalguía) convierte esta serie de paquetes de papas fritas de MacDonald´s -todas idénticas- en una serie de esculturas. Sería simbólico aclarar que la serie son 7 piezas idénticas y todo el contenido que el número 7 tiene para diferentes tipos culturales e históricos.
Esta disección simbólica, responde a que el proyecto de Imbach está sujeto a un análisis desde las semióticas textuales. Así toda propuesta susceptible de ser penetrada e interpretada a la luz de estas investigaciones es un texto artístico.
La exaltación de un paquete de papas fritas, símbolo inequívoco de la cultura de consumo y de los nuevos líderes epocales en lo que cínicamente podríamos llamar new age around the world, también establece un contrapunto con la esterilización del objeto, que es refuncionalizado desde una perspectiva estética en esa pequeña transacción de Imbach de reeditarlo ante otra dinámica de consumo: el espectador de “la obra de arte”.
Decía
Pascal que “puesto que la naturaleza ha muerto, cualquier
cosa puede ser naturaleza”; esta máxima da
pie al artista a reedificar un nuevo panteísmo, una
segunda naturaleza, la que esta dada en el objeto cotidiano.
Introduce aquí una cantidad de tensiones que van
desde lo interior de lo artístico, la propia crisis
representacional que sufre el arte hasta la crisis de la
originalidad mientras se obliga a hacer un análisis
escatológico, una taxonomía de su época
y su contexto, así como de su papel como productor
simbólico, ante la consecuente fatiga de aquello
que hemos dado en llamar “lo contemporáneo”.
Por eso esta obra también es una suerte de cita a la historia del arte: el objeto tipificado de Duchamp, la sopa Campbel de Warhol, la chatarra escultórica de Claes Oldenburg, la erótica objetual de Jeff Koons hasta conciliar con casos más cercanos como las cajas de Corn Flakes del guatemalteco Darío Escobar.
Este guiño, para nada ingenuo, viene acentuado en la adulteración del objeto mismo, su gesto metatextual no está confinado a la mimesis, porque no imita el objeto, lo engrandece. Así el uso distante y cuidadoso de la dimensión originaria del mismo, hipnotiza y difiere nuestra atención hacia la realidad industrial y su correlato en la absorbencia del consumo.
Como en esos procesos, que dominaron el cristianismo y la perseverante postura occidental hacia la imagen, Dios dejó de ser para ser su representación. Ese desplazamiento del objeto de culto al objeto esculturado, al objeto como fetiche y construcción estética, desproporcionado y descontextualizado, es parte central en la propuesta artística de Carlos Miguel Imbach. Asumir este ejercicio desde la serialidad (emulando también la reproductibilidad trasnacional), agudiza esa perversión de lo tautológico y lo introduce en un laberinto de espejos y perplejidades lingüísticas, aquellas que difieren el referente para siempre y no sabemos –no sabremos más- si alguna vez las papas fritas no fueron así.
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