
En la producción de los años cuarenta, aparecen con mayor insistencia mujeres de grandes dimensiones, que se originan en el estilo del Renacimiento temprano de representar a los santos y a los personajes sagrados más grandes que su tamaño normal, y al mismo tiempo remiten a las ilustraciones de Alicia en el país de las maravillas. También surgen temas relacionados con la maternidad, en los que destacan imágenes de retoños, siembra y florecimiento.
Es así como de esta manera, Carrington se empieza a inspirar en pintores europeos, como el Bosco, y retoma algunos elementos de la pintura renacentista, como fragmentar las composiciones -a la manera de los retablos- en distintas secciones o escenas, estableciendo una continuidad narrativa entre cada una de ellas, todo esto, acompañado de la utilización de colores muy fuertes como el rojo y el amarillo.
Los fondos se tornan sombríos, los espacios son indefinidos, y las figuras fantásticas suelen perder sus rasgos humanos. Utiliza tonos verdosos y azulados. Dentro de muchos aspectos, la artista logra enfocarse hacia los temas místicos y esotéricos, elementos que logran definir de gran manera diversos aspectos de su obra.

En los años sesenta, en las imágenes de las pinturas y cuentos de Carrington, aparece la influencia cada vez mayor de Jung, y la importancia que otorga el budismo al desarrollo espiritual, elementos que conforman un esquema amplio, esotérico y cosmológico, que a principios de los años setenta le haría viajar a Escocia y Canadá. La influencia de Jung se evidencia en el cuadro The Magus Zoroaster Meeting his Own Image in the Garden (1960), entre otros.
Hacia los ochenta, desaparecen los tonos apagados, y la pintora utiliza colores más vivos, más diluidos y con menor contraste. Las figuras no son finas ni alargadas, y se tornan pequeñas y regordetas. En la siguiente década, se aprecia la recuperación de las formas estilizadas que caracterizan su obra, así como también las tonalidades sombrías y oscuras.
Los mundos imaginados y místicos son elementos vitales en la pintura de Carrington, pero también éstas imágenes se combinan y coexisten con los pequeños rituales de la vida cotidiana. Muchos de los personajes de Carrington son femeninos, y suelen estar acompañados de animales, ya que la pintora comparte la creencia de varios grupos indígenas de que cada ser humano tiene un animal específico que es su guía y compañero, así como también participa de la fe en la simbología animal de los budistas y los alquimistas tibetanos.

Carrington tuvo una gran influencia en el arte mexicano. Obteniendo la oportunidad de participar en diferentes actividades realizadas por el gobierno, tal es el caso del mural en el Museo Nacional de Antropología. Para su realización, la artista tomó como base las creencias de los indios de Chiapas, y los mitos e historias del Popol Vuh, relato que contiene la mitología y cosmología de los mayas. Los dibujos preparatorios para este mural fueron publicados en El mundo mágico de los mayas, con textos de Andrés Medina y Laurette Séjourné.
Por otro lado, debido a su preocupación por recuperar las imágenes del poder femenino, Carrington se anticipó al interés de muchas mujeres hacia el movimiento feminista contemporáneo de fines de los sesenta y principios de los setenta. En este sentido, desempeñó un importante papel en la formación del movimiento feminista de la ciudad de México, que en 1972 concretó en el cartel Mujeres conciencia.
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