Arte Costarricense
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El mundo de Leonora Carrington


por
Orlando Aguirre
Redactor
Art Studio
Magazine

Leonora Carrington es considerada por muchos como una de las máximas representantes del surrealismo. Sus obras, plasmadas de un gran significado psicológico, han creado un hito dentro de este movimiento marcando un antes y un después, influencia que perdura hasta nuestros días.

Esta excepcional artista nació en la localidad de Lancashire, Inglaterra en el año de 1917. Su padre fue un industrial inglés y su madre, irlandesa, estimuló su imaginación con cuentos de hadas y otras historias. Su estilo es el resultado de muchas influencias como la literatura de lo absurdo, lo siniestro y lo sobrenatural; fábulas y relatos épicos de los dioses nórdicos.

En 1936 conoció a Max Ernst, en Londres; juntos parten a Francia donde viven dos años, participando en la efervescencia del surrealismo. La relación entre Carrington y Ernst significó un intenso intercambio estético que enriqueció a ambos; ella le mostró obras de M.R. James y Lewis Carroll y él la introdujo a C. G. Jung y a las tradiciones literarias del romanticismo alemán y francés. En 1938 participan en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.

Las pinturas de Leonora Carrington se inspiran en un mundo personal, íntimo y subjetivo, que surge de una fértil imaginación, influida fuertemente por los surrealistas y estimulada por lecturas fantásticas y esotéricas que fue aprehendiendo a lo largo de su vida. Las imágenes de las pinturas y relatos que ha producido en el transcurso de los últimos sesenta años, residen en un lugar de encantamiento en el que todo puede suceder.

En ellas, la artista logra desarrollar su lenguaje pictórico, determinado por diversos temas como el mito céltico, el simbolismo alquímico, el gnosticismo, la cábala, la psicología junguiana y el budismo tibetano. En el conjunto de pinturas que produjo en México, se funden tiempo y espacio: las imágenes vagan entre el sueño y la vigilia, el tiempo, la vida y la muerte, manifiestan viajes físicos y metafísicos, historias reales y míticas, realidades domésticas y trascendentales, imaginación y fantasía.

En medio de ambiguos paisajes y de interiores amenazantes, Leonora Carrington inventa seres y objetos que provienen de otro mundo. Sus cuadros, permeados de ironía y humor, juegan y se confunden con el sueño y la realidad; en ellos conviven extraños animales de hocicos puntiagudos y finos, pálidas mujeres de rostros blancos, santos y monjas, los caballos de las leyendas célticas -que en la pintura de Carrington son símbolos de liberación-, seres mitad hombres-mitad animales, aparatos raros como barcos, coches y casas.

Carrington construye las formas con trazos muy finos y delicados, creando siluetas alargadas, elegantes y frágiles. En sus cuadros no son frecuentes los colores fuertes y luminosos, la paleta más bien se compone de tonalidades sombrías en la que sobresalen los sepias, ocres, verdosos, algunos matices azules. En cambio, emplea las variantes del rojo para resaltar las formas y contrastarlas con el fondo; con sutiles transparencias destaca algunos detalles, como las ropas con que viste a sus personajes. Mediante los cambios de tonos y colores, marca los contornos de las figuras nítidamente, y en algunos cuadros las demarcaciones entre forma y espacio surgen de la pintura misma, de su color.

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