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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

Se explica el significado ideológico que hay detrás de esta forma de expresión que se corresponde con el existente en otras parcelas de la sociedad.

El graffiti, expresión más alta del sentimiento de la cultura underground, se ha concedido a si mismo derecho de ciudadanía en nuestra sociedad. Una de las causas de esta arrogación es la falta de una adecuada definición de lo que es el arte, que provoca que hasta los auténticos artistas nos presenten trabajos que, según un criterio más riguroso o, si se quiere, según un gusto más clásico, no se sabría si incluir entre una alta conquista de la humanidad por haber encontrado una nueva forma de expresión o entre los desperdicios que deben ser eliminados después de la fiesta de presentación. (Es de sobra conocido que en la exposición de Damien Hirst en la galería Mayfair, a la mañana siguiente de su inauguración, el personal de limpieza tiró la obra a la basura pensando que eran los restos de la fiesta ¹.)


Otra de las razones es el derecho a la libertad de expresión. Se trata de justificar todas aquellas formas que establecen la supremacía de lo social sobre cualquier otro principio. Este exceso de un supuesto derecho constituye una perversión tanto de la forma como de la esencia, o como se dice cuando se trata de esta cuestión, del fondo y de la superficie. El acto físico consiste en la alteración de una propiedad ajena, y las razones que se dan, la libertad y la cultura, se consiguen mediante una tergiversación de la razón.

El éxito, o su aceptación general, no indica la validez del acto sino que tal éxito se debe a la conveniencia de defender una postura con unos argumentos que se desea se consoliden para poder esgrimirlos cuando llegue el caso de defender otras posturas.

Nuestra mejor defensa: si esto es arte llévatelo a tu casa, ha quedado destruida cuando no solo los compradores privados sino las instituciones públicas han adquirido estas obras y las cuelgan en sus paredes. Aunque no son exactamente esas obras, sino que ellas fueron la base para una expresión posterior. En cuanto a los compradores, se dejan asesorar, por lo que todo el mérito es de los marchantes que les excitan hasta el éxtasis ante un mercado que provoca no solo la subida de sus inversiones, también el deseo, supuestamente original, de poseer. En caso de duda, léase la teoría de Deleuze sobre la producción social del deseo.

El derecho de este artista pone en tela de juicio verdades ya consolidadas. Una sociedad que no es capaz de advertir las diferencias, establece la igualdad de todas las formas de expresión y se refugia en una referencia, en el concepto arte, dentro del cual parece aceptable incluir toda manifestación plástica. Si esto es arte, si esto es comparable a La Gioconda, entonces ¿Quién puede negar que mis palabras, bien que a veces carezcan de argumentos, tengan también derecho de ciudadanía, deban ser atendidas y, en consecuencia, reconocidos los derechos que con ellas se reclaman? Si ha quedado establecido aquel derecho del arte underground a llamarse arte mediante el uso de unos argumentos y unas posturas sociales que se han admitido, nada impide que ese mismo mecanismo obre el milagro de trasformar todo lo que toque, no ya en arte ni en oro, en algo mucho más valioso: en un derecho social.

No todo el mundo se atreve a llamarse artista, pero todo el mundo defiende las posturas más nuevas del arte porque se las entiende como un avance en el reconocimiento de derechos sociales. La ilusión por una nueva era del arte que nadie ha definido solo significa la intención de acabar definitivamente con todo lo anterior.

Estos hombres quizás no sepan lo que quieren pero saben lo que no quieren. Lo que pretenden es eliminar las expresiones relacionadas con los antiguos conceptos sociales que para mantenerse requerían una tensión constante. Hoy el poder le tiene el número y se ejerce mediante la simple manifestación. Este planteamiento artístico se puede realizar porque previamente se había ensanchado el concepto de arte para que pudiera alcanzar las propuestas que tenían que satisfacer las necesidades de un nuevo espectador que no es estético, sino social, y el hombre ve en la trasgresión artística la imagen de una constante ampliación de sus derechos sociales. El todo vale del arte se ha extendiendo, como principio ya consolidado, a los demás aspectos de la vida social, con las consecuencias que se derivan de esta nueva consideración del arte.

El hombre que quiere embarcarse en la aventura de buscar nuevas posiciones artísticas nos dice que quiere dejar los antiguos territorios que siente inhóspitos, cuyo aire le asfixia; que es un ser que se siente natural, un ser no sujeto por normas que quiere un arte sin ataduras capaz de expresar su esencia, y que no soportaría someterse a otras condiciones que las que su naturaleza reclama.

Nota: 1.- Donald Kuspit, El fin del arte, Akal, Madrid, 2006.