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por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

La demostración práctica de que el arte no es solo una apariencia (estética) que, antes que nada, es una esencia, una valoración, por la apreciación de unas circunstancias y la negación de otras, la vamos a realizar en obras concretas, en unas que no pertenecen a ninguna de las corrientes principales de la historia del arte y que, por ello, pudieran quedar sin analizar o hacerse de forma incorrecta.

Los judíos, como nos explicó Nietzsche que demostró conocerlos bien, son capaces de sobrevivir, es decir, de adaptarse a las circunstancias. En arte, las circunstancias de principios del siglo XX eran las nuevas tendencias y de ellas la que tenía formas figurativas más apropiables era el expresionismo, una corriente tan amplia que podían presentarse nuevas variaciones sin producir alarma.

La Escuela Judía de París partirá para su obra del expresionismo, una tendencia que ya existía y que no tenían que desarrollar, solo imitar. Las formas, no la esencia, es lo que nos van a mostrar con una particular interpretación nada purista, muy alterada; para ser precisos, tergiversada deliberada pero inconscientemente.

¿Cómo se puede entender la obra de Marc Chagall? Solamente como una mezcla de expresionismo y surrealismo, e incluso, con ingredientes simbolistas. Explicación ya conocida, pero cuando se comprenda la tendencia que crea esta escuela se le dará su auténtico sentido.

En Chagall no hay ninguna correspondencia entre el contenido y el estilo, las llamémoslas influencias cubistas y expresionistas que se observan en las etapas de su trabajo son solo la imitación de las formas pictóricas más novedosas, la aceptación una moda pero el contenido de sus obras fue siempre el mismo, sus problemas y las consideraciones personales que no significan la revelación de la idea del hombre.

La imitación cubista nada tiene que ver con el conocimiento de esa técnica ni de su esencia; de hecho, el cubismo sería un estudio teórico antes que una técnica de representación que nunca se ha prestado más que a la descripción, y Chagall utiliza algunos elementos de esa técnica pero nos ofrece resultados en los que no hay más que alguna semejanza con el cubismo. Y lo mismo le ocurre con el conocimiento de la esencia del expresionismo. Sus representaciones son eminentemente narrativas, como han entendido otros autores, sus temas son siempre los mismos, con independencia del estilo que elija, tratando de las circunstancias que rodean su existencia y no expresando un conocimiento universal. La pintura näif, el simbolismo y el surrealismo, tienen un contenido completamente opuesto al del expresionismo pero Chagall lo mezcla todo como si cualquier consideración pudiera expresarse en cualquier estilo, o dicho de otra forma, como si cada estilo no tuviese una significación ideológica y la exigencia de unos temas, por lo tanto, una limitación. La obra de Chagall es, por su contenido, pintura näif y surrealista; por la elección de los signos, simbolista; por la técnica de ejecución expresionista y en una etapa inicial, cubista: pero siempre nos cuenta las mismas historias. No ha entendido el contenido de los estilos y su obra es señal de que utiliza los elementos que encuentra para su propio interés.

Amadeo Modigliani nos presenta su particular interpretación de la pintura. Su obra es eminentemente expresionista. Pero sus formas planas, sus líneas rígidas, sus colores ocres, son una visión personal del cubismo. Este artista compone su obra a partir de la combinación de dos movimientos existentes buscando una posición distinta de la ocupada por Chagall pero utilizando su mismo criterio de composición, la combinación de elementos previos buscando un efecto.

Parecería que a Chaïm Soutine ya no le quedaría otra posición que ocupar, pues un expresionismo abstracto no sería concebible, y las otras corrientes ya habían sido utilizadas por sus colegas. Sin embargo, la intención efectista permite algo quizás inconcebible e incomprensible, el expresionismo expresionista, una endogamia que no lleva a la degeneración absoluta. Para explicar el resultado debemos tener en cuenta lo que Schopenhauer definía como carácter de la especie y carácter del individuo y cómo nos explicaba la necesidad de su equilibrio, que una acentuación del carácter individual produciría la desaparición del carácter de la especie y que la ausencia de la definición de lo individual, indicaría la insignificancia del sujeto, a falta de cualidades propias que reseñar, como antes su acentuación llevaba a la caricatura. Y es esta la deformación que se observa en la obra de Soutine, la pérdida de la técnica pictórica para resaltar las cualidades del movimiento expresionista, produciendo una deformación, no tanto de las figuras representadas como de la técnica de su representación que se pone de manifiesto en las figuras. El encanto de su obra es una simpática deformación del gesto, del trazo; una acentuación de los colores y de los contrastes; el exceso de la fuerza del expresionismo: en suma, la exacerbación del arte, el éxtasis de los fuegos artificiales, el abuso de los fuegos fatuos.

Todos ellos son grandes pintores con técnicas envidiables. Pero la técnica en arte es una necesidad, una premisa, sin la cual no hay valor que resaltar en su obra. Lo principal en un análisis es la esencia de la obra, su contenido: lo que expresa o lo que representa.  La Escuela Judía de París representa la lucha de una especie fuerte de hombre que sin embargo no está dotada para el arte -su historia está vacía de arte figurativo- que queriendo estar a la altura de los más grandes artistas consiguen extraer la esencia de la apariencia, la forma de construcción,  con la que  expresan sus intereses, sin saber qué se debe expresar con cada técnica. En una época en la que se valoran las formas por encima del contenido esto no se considera un defecto, si es que se había llegado a realizar alguna consideración.

El contenido de la escuela de París puede quedar comprendido cuando comparamos la obra de uno de sus miembros con otro la de otro artista en la que se observen semejanzas formales. Egon Schiele ofrece una similitud con Soutine, la intensificación expresionista, pero por causas distintas, aunque con un mismo resultado. En su caso, es la necesidad de acentuar el efecto de su trabajo que más allá de lo erótico llega a lo pornográfico. La exaltación de lo sexual se trasforma en una idea que se refleja al ejecutarla hasta en la forma de realizarlo, y la expresividad se resalta, de la misma forma que lo sensual se eleva hasta lo obsceno, hasta un grado en el que la técnica original ha quedado reforzada acentuando sus propios rasgos. La representación y la técnica se desarrollan de forma pareja con esa idea de acentuar aspectos determinados. La conclusión, en el caso de Soutine, es la asimilación de las formas, en el de Schiele, la necesidad de una forma de expresión adecuada a su intención y la superación del expresionismo existente.

La valoración actual de estos trabajos se entiende cuando comparamos lo ocurrido con otros artistas. Los linograbados de Picasso son en realidad obras menores, pero su atractivo visual les ha conferido un valor económico superior a otros trabajos más importantes. Barjola no tuvo mucho aprecio a las litografías coloreadas que tenían una calidad inferior a sus grabados, pero a aquellas hoy se las valora por encima de estos. Lo mismo ocurre con la obra gráfica de algunos artistas actuales muy afamados cuya realización no se corresponde con sus precios y su demanda solo se entiende por el atractivo de su aspecto. Nuestra época resalta el valor de la apariencia, no de la esencia, ni siquiera la esencia de la técnica, está debe convertirse en concepto, en valor social, imagen de culto, como es el caso del cubismo, para poder ser apreciada. Con esta consideración, la imagen más impactante, más atractiva, más aceptablemente distorsionada, adquiere un enorme valor. Por eso, el expresionismo exacerbado resulta valorado como si de un destello luminoso  se tratara. Aquello que en su apariencia ofrece de más que el resto de obras es lo que le otorga valor definitivo. La calidad técnica no es apreciada, mucho menos, la esencia del contenido.