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El contacto, el inicio

El primer gran artista con quien tuve contacto, a través de su obra por supuesto, fue el escultor rumano Constantin Brancusi. Esto fue durante un viaje a Rumania realizado en 1995. El inicio de mi real recorrido por el arte, y tal vez, el primer paso en la concepción de esta humilde revista virtual de arte.

En mis cursos previos de historia del arte no se mencionó a Brancusi ni su obra, sin embargo, al entrar en contacto con algunas de sus creaciones más representativas, y por demás monumentales, supe que mi apreciación del arte cambiaría. Hasta ese momento el arte para mi era solamente páginas en grandes libros, proyecciones en paredes y exámenes escritos de vez en cuando, en los cuales me fue bastante bien.

Además del recorrido artístico, tuve la oportunidad de ingresar un poco más en su vida personal, su hogar, su taller de trabajo, lo cual me permitió comprenderle más desde diversos puntos de vista. En general, esta experiencia me ayudó a conocer mejor el mundo que rodea y en el cual se desarrolla un artista.

Sobre Constantin Brancusi

Brancusi nació en Pestisani Gorj, en el seno de una numerosa familia campesina. Estudió arte en Craiova y Bucarest. En 1904 viajó a París, donde conoció a Auguste Rodin, y en 1909-1910 trabajó con Amedeo Modigliani. Las primeras obras de Brancusi muestran la influencia de Rodin y de los impresionistas, pero a partir de 1908 se percibe una rápida evolución hacia un estilo más personal.

Su influencia

A Brancusi se le atribuye una gran influencia en los nuevos conceptos de la forma en escultura, pintura y diseño industrial. Desarrolla una simplificación extrema de la forma, inspirado en la escultura prehistórica y en la africana. A través de su obra vemos dos formas simples predominantes: el cilindro alargado y el huevo.

El conceptualismo a través de la abstracción, con el cual impregnó sus creaciones, permitió el rompimiento del realismo de la escultura del siglo XIX, preparando así el terreno a los escultores abstractos del siglo XX. Fue pionero.

Percepción de su obra

Para Brancusi la forma ideal para observar sus obras era en tamaño monumental. En su estudio ubicaba sus modelos de la manera en que debían ser vistas por el público, de hecho prefería mostrarlas en su lugar de concepción que en las galerías. Todo formaba parte de una coreografía magistralmente orquestada que el artista compartía con los visitantes a su taller.

Todo eso queda palpado en el libro “Brancusi y la fotografía” de Elizabeth A. Brown, Conservadora del University Art Museum, Universidad de California, Santa Barbara. Este libro consiste en un viaje al taller de Brancusi a través de las fotografías que el mismo artista hizo de sus obras, un exquisito trabajo en blanco y negro.

“La columna sin fin”, “La puerta del beso” y “La mesa del silencio” son las obras presentadas como las más representativas Brancusi en los distintos recorridos que se hacen a los turistas en Rumania, de hecho, adjunto fotografías de las mismas tomadas por este servidor. Se trata de piezas que impresionan y reflejan plenamente la intención que Brancusi quiso impregnarles. Una perfecta comunión entre la obra y el ambiente donde fueron ubicadas. Cuando me acerque a “La columna sin fin” pensé que en realidad parece que sigue hacia los cielos sin detenerse.

Su obra sigue muy presente en distintos ámbitos. Sus monumentales obras siguen siendo visitadas por miles de turistas, quienes relacionan a Rumania con el nombre de Brancusi, y el de Drácula, por supuesto. Las obras que se quedaron en su taller han ido sufriendo un deterioro importante, solo conservadas de la manera adecuada gracias a las fotografías que el artista realizó de ellas.

Otras, como menciona en su libro Elizabeth A. Brown, “Desde que murió, algunas de sus esculturas se han convertido exactamente en aquello que quería evitar: el súmmum del objeto bello que se pone sobre un velador para decorar un salón.”