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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

Crítica, en 4 partes, a la falta de criterios para establecer teorías sobre el arte actual.

¿Qué es el arte?

Hegel definió el arte como idea, materia y figura. Y esto ya es algo más concreto. La idea es el objeto último del arte: representa el conocimiento del mundo. En el mundo, según lo definió Schopenhauer, existe la materia inorgánica cuyos cambios, es decir, las modificaciones de los objetos que interesa conocer porque son los que han dado lugar al objeto que ahora percibimos y a su futura transformación, son únicamente físicas o mecánicas, producidas las fuerzas naturales como la gravedad, la evaporación, la fragmentación, la disolución… La materia orgánica es la materia inorgánica dotada de vida, posee cualidades superiores ya que no sólo queda sujeta a las fuerzas naturales sino que, dotada de esa voluntad de vida, reacciona frente al mundo exterior. El grado más bajo de vida es el mundo vegetal cuyas reacciones son debidas a los estímulos frente a circunstancias tales como el calor, la humedad, la sequía… un grado superior de vida es el animal del que ya existe una forma primitiva de conocimiento y actúa no sólo por impulsos, por sus instintos naturales (que proceden de un conocimiento instintivo) sino por la percepción del entorno.

El grado más elevado de vida le posee el ser humano que, dotado de razón, puede elaborar, a partir de los conocimientos previos, las conclusiones finales que pueden resultar la razón de su obrar, es decir, en el hombre encontramos los motivos, además de las causas, los estímulos y los instintos. Por eso el conocimiento del hombre es el mayor conocimiento que puede existir del mundo.
Puesto  que la idea forma parte del arte, es necesario entender que aquello que se representa en la obra de arte va a determinar la calidad del trabajo. Aquellas obras de un pintor en las que se refleje respectivamente el mundo inorgánico, el mundo vegetal, el mundo animal y al ser humano, muestran el grado de conocimiento que nos ofrecen las obras de arte.

Según esta definición parecería que un retrato supondría un conocimiento elevado del mundo. Sin embargo nos encontramos con que nadie desea poseer el retrato de un desconocido y esto parece contradecir la hipótesis anterior. Esto es debido simplemente a que un personaje en una actitud contemplativa no nos expresa nada de sí mismo salvo lo que ya nos sea conocido, y su presencia parece estar reclamando de nosotros una atención personal que no deseamos dispensar a quien nos es ajeno. La representación del hombre debe mostrarle, no en una actitud, sino en una acción en la que se revele su carácter. El arte del siglo XX nos muestra multitud de retratos que no suponen un rechazo para el observador. También esto tiene su explicación. Por un lado, las figuras aparecen un tanto distorsionadas mostrando sus características personales pero debe cuidarse de no caer en la caricatura lo que significaría la anulación de las cualidades de la especie con lo que la figura representada perdería su condición humana. Para mayor comprensión de este hecho exponemos que, el caso contrario, la falta de identificación de cualidades personales llevaría a la representación de un ser humano genérico, es decir, demostraría la insignificancia del personaje retratado y se caería en el exceso opuesto. En un segundo caso, la distorsión en el retrato tiene por objeto resaltar la propia pintura, con lo que el personaje es en cierto modo una disculpa para la representación de la materia.

Por lo expuesto hasta ahora no se comprendería el valor de los nenúfares de Monet y es que junto a la idea que se representa es necesaria la calidad de la ejecución, es decir, la obra tiene dos componentes, y del grado de calidad de cada uno de ellos va a depender la calidad de la obra final. La ejecución va a determinar que la obra recoja o no las cualidades que se pretenden trasmitir, el gesto, la gracia y el carácter.