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Por
Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

Crítica, en 4 partes, a la falta de criterios para establecer teorías sobre el arte actual.

Se trata de enfrentar las diversas valoraciones de los críticos de arte para intentar encontrar un criterio objetivo con el que definir una obra de arte, ya que las aportaciones que desde el siglo XX se están haciendo a la cultura han provocado definiciones opuestas.

Arte suprime

Si aceptamos que el mismo pensamiento invade todos los aspectos de la cultura de cada época no hay razón para dudar de que el proceso de la economía americana no sea otra cosa que uno de los fenómenos particulares en los que se muestra la idea general. Y puede que ésta consista en haber creado, y no solo aprovechado, unas condiciones en las fuera posible introducir elementos de categoría inferior confundidos entre la abundancia de lo superior y que, una vez admitido un elemento inferior resultaran admisibles todos los iguales a aquel. Finalmente, quedaría igualado lo alto y lo bajo, lo que nos recuerda la exposición de arte de 1990 del MOMA de Nueva York presentada con este título.

La referencia del mercado financiero tiene dos aspectos objetivos, en los que tal objetividad no es absoluta. El primero, consiste en la aceptación de los títulos en el mercado secundario, en el que se pueden negociar. El segundo, es el precio de producción. Cuando existen diferencias entre los dos mercados, se producen ajustes.

El arte es, en última instancia y desgraciadamente, un mercado económico antes que un valor artístico. Pero en este mundo cultural, el mercado primario, el de su producción, no hace otra valoración que la del mercado secundario: y la obra de un artista vale siempre lo que se cotiza en las reventas. La venta del arte está sujeta a la consideración de la obra y del artista, y estas las establecen los críticos, los muesos y los marchantes, con lo cual el valor artístico y económico de la obra siempre coincide. El vendedor nunca desmerecerá su artículo y el comprador se fiará de la buena fe del vendedor y del precio de obras similares. Pero, si queremos investigar el origen del valor artístico de una obra y de la calidad del artista, si queremos conocer el fundamento del criterio que establece la graduación de la calidad, encontramos opiniones tan distintas que no podríamos hacer otra cosa que dudar de todas, puesto que, si una de ellas se estableciera sobre una verdad hubiera acabado por imponerse.

Por esta falta de un criterio único encontramos en los museos: 1º, exposiciones de diseño industrial (de motocicletas) y de moda (de zapatos y vestidos). 2º, Arte ready made (un urinario). 3º, La trasgresión del concepto de arte (una lata de excrementos). 4º, Arte conceptual y matérico. 5º, Arte abstracto y expresionista. Y, 6º, arte clásico.

Estas exposiciones parecen atribuir un valor idéntico a toda expresión plástica, pero, por la misma razón que nadie aceptará cambiar oro por estaño, debemos buscar un criterio para medir objetivamente la calidad del arte y establecer gradaciones adecuadas. Determinar el límite del arte implica encontrar un criterio de valoración que sea algo más que las opiniones personales que nos presentan los críticos actuales.

La cuestión que planteamos es si el arte y la cultura podrían haber existido sin el arte clásico -pues si lo actual es superior, aquello habría sido un error-, si la consideración de estas manifestaciones plásticas como arte es una consecuencia de su valor, de la evolución del concepto de arte o de la conveniencia mercantilista. Y, en todo caso, puesto que ningún crítico se lo ha planteado seriamente antes de entrar a valorar las obras, debemos buscar respuesta a esta pregunta: ¿qué es el arte?

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