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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

En la primera parte habíamos establecido cómo el arte trágico nació de la mezcla de conocimiento dionisiaco y belleza apolínea. Hemos visto cómo el socratismo trasformó esa perfecta expresión del arte elevado dando lugar al helenismo, lo que permitirá dar otros usos al arte. También hemos indicado que la condición de la pintura es de tal naturaleza que hace aflorar pronto el sentimiento y que el artista puede verse tentado a buscar el efecto en el espectador abandonando el sentido principal. Finalmente habíamos dicho que la modernidad se había dejado conquistar por el romanticismo. Ahora, se continúa entrando en la cuestión de las vanguardias y la posmodernidad a partir de las definiciones realizadas de arte trágico y de arte romántico.

La sociedad industrial acabó con la ilusión. La ciencia y la técnica empezaron a ser parte del hombre y acabaron por abarcar al hombre. La ciencia ha superado todos los límites del mundo anterior, la ciencia proporciona al hombre las respuestas que los dioses no ofrecían a sus plegarias: la ciencia es superior a los dioses. Esta fe no precisa de apóstoles que la divulguen, no es necesaria ninguna explicación de su verdad, sus efectos son evidentes por todas partes. La embriaguez del conocimiento alcanzará también al arte, pues el artista no hace otra cosa que expresar lo que lleva dentro.

El hombre moderno, resultado de una sociedad de producción, un hombre menos sensible, menos susceptible de sufrir y de emocionarse, busca en el arte la respuesta a una necesidad que ya no sabe identificar y acaba convencido de que es una sed de conocimiento, y para saciarla busca aquello que se le presenta como tierra firme, una verdad absoluta adquirida del exterior del propio hombre, de un hombre que ya no tiene fe en sí mismo al verse desbordado por la grandeza de la ciencia, sobre la que poder edificar el resto de sus consideraciones: sus creencias. La emoción natural es sustituida por el ansia de saber. La necesidad de comprender el mundo se suple con los conocimientos parciales que le proporciona la ciencia.

Entonces, el arte se transforma. Ya no trasmite ni ideas ni ideales, ahora transmite conceptos, que son la forma racional de conocimiento, las ideas abstractas, que deben ser presentados de forma independiente, como las entradas de un diccionario y, de la misma forma que un diccionario, proporcionan un conocimiento cierto y exacto de cada término. La precisión ofrece la satisfacción de aquella necesidad de entender el significado de los vocablos que el arte tradicional no aportaba en las frases que construía, y que utilizaba sin el debido rigor, por lo cual, no se veía el sentido de su construcción.

Pero, por otra parte, también refleja el arte aquella falta del derecho del hombre moderno a la emoción, el bajo fundamental de la vida, el placer y el displacer, que no puede ser negado por ser la esencia vital, y cuya represión nos muestra en ocasiones en sus contenidos explícitos y siempre en su forma de expresión, en la fragmentación de la información de las obras, mediante la técnica. Y ello, a pesar de que la sociedad pretende ocultar esta condición, y de que el individuo ha acabado convencido de que tales sentimientos constituyen una debilidad y debe superarlos. En toda lucha entre la naturaleza y las convenciones la mayor presión es contranatura.

En definitiva: las Primeras Vanguardias realizaron un análisis científico de la obra de arte conforme a las exigencias de la época. Las segundas vanguardias le completaron, y procedieron a realizar combinaciones de aquellos estilos. Posteriormente, el artista se percata de que el hombre, que ya no era objeto del arte, está expresando que la ciencia no le proporciona la prometida felicidad. La contradicción entre la necesidad del hombre y los principios sociales acaba con la imposición de los últimos ante el temor del individuo de perder la sólida estructura de producción que lo social contiene y el arte se ve obligado, como el individuo, a mostrar una aparente felicidad ante la opresión de lo colectivo. ¿Qué hace hoy el arte?: Globos de colores, juguetes, flores… con lo que muestra la felicidad infantil de unos individuos a los que no se les permite creer en ellos mismos. En modo alguno, es este un niño modelo, es en realidad l’enfant terrible que su momento se revelará y, cuanta mayor sea la fuerza con la que se le sujete, mayor será la violencia que precise utilizar para liberarse. Este planteamiento constituye la otra cara de la moneda, el reverso de las vanguardias, y no representa la entrada del arte en un nuevo período histórico, es parte del mismo. La utilización del término posmodernidad significaría aceptar la aparición de una nueva etapa que se habría establecido a continuación de la modernidad; pero nosotros vemos que ciertos movimientos actuales son parte de ella, son su retaguardia.

Nota: Otros artículos publicados del mismo autor aquí.