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Por Mario Rodríguez Guerras, colaborador de ArtStudio Magazine

Extracto: Se hace una descripción del arte griego y del romántico para entender la relación que tiene el arte actual con aquellas formas de expresión universales y principales. La relación con el arte griego será con su resultado tras la transformación socrática y la que tiene con el romanticismo, será con la cuestión de la sensibilidad emocional. Con esta consideración las vanguardias y la posmodernidad tienen una nueva interpretación.

El arte apolíneo es la representación de la belleza para ocultar la terrible verdad de la existencia. El arte dionisiaco es la expresión del sentimiento, el conocimiento de la vida, del placer y el displacer. El drama griego constituye un estado intermedio: se muestra la verdad pero embellecida. El dios Dionisio se muestra mediante un símbolo, el héroe trágico, que representa el mito, un suceso universal que se manifiesta en un fenómeno concreto. El medio por el que a partir del suceso nos elevamos al conocimiento de la idea es la música que hace olvidar el principio de individuación que implica la representación del héroe. La representación, a su vez, evita que la música haga olvidar que la naturaleza se manifiesta en fenómenos concretos.

La referencia al arte griego, por muy gastada que parezca, resulta inevitable, pues aquel pueblo fue capaz de desarrollar el arte de una forma no igualada por ninguna otra época y ello fue debido a que el pueblo griego era un pueblo de artistas, tanto el creador como el espectador, y a este no se le podía satisfacer con ninguna forma imperfecta de arte, menos con una falsificación, su fino paladar no la hubiera aceptado. Por lo tanto, el arte griego será siempre una referencia para analizar el arte y tendremos que hablar constantemente de él. Y lo haremos todos con la referencia de los escritos que Nietzsche nos legó.

Antigua estatua romana del tipo Madrid-Varese de Dioniso

Antigua estatua romana del tipo Madrid-Varese de Dioniso

En el arte, el sentimiento debe quedar modulado por el conocimiento, es decir, según nos enseñaron los griegos, el dios Dionisio debe quedar moderado por Apolo. El límite de la expresión del sentimiento debe ser el conocimiento de la belleza. El arte no puede producir el desenfreno emocional, no puede conducir al espectador a una pasión irrefrenable. La belleza no es la emotividad. ¿Qué es el arte?, el conocimiento de la belleza ¿Qué es ahora la belleza? El conocimiento de la esencia de las cosas, incluso el  conocimiento de las cosas feas es belleza, porque el arte es el conocimiento de la voluntad y en ese conocimiento reside la belleza. Con razón manifiesta Nietzsche que se piensa erróneamente que una pintura bella es la que representa algo bello (la visión dionisíaca) y en su escrito la música y la palabra, tratando de la primera, manifiesta que quien la valora por los efectos no alcanza la esencia. Pero, inversamente, la bella apariencia no puede ya ignorar la sensibilidad, Apolo no puede seguir ocultando la verdad, las formas no pueden hacer olvidar la esencia. El equilibrio de las fuerzas de los dioses produce, no el arte, sino el arte superior.

Es previsible que los griegos alcanzaran con la pintura el esplendor en el arte trágico (en el clasicismo) y en el arte romántico (en el helenismo), no tenemos por que suponer que no se haya cumplido la máxima de que solo en el origen se alcanza la perfección. Todo el arte posterior no sería sino una consecuencia de aquel comienzo, y no una decadencia o mera repetición. La pintura griega nos es desconocida pero en su evolución alcanzó un desarrollo del que se dijo que en lugar de pintar hombres los inventaba, signo de la introducción de una intención en la pintura, lo mismo que Eurípides la introduce en la tragedia. Precisamente la queja de Aristóteles sobre la acentuación del Pathos (expresión dramática) sobre el Ethos (representación del carácter) en Zeuxis puede confirmar lo indicado. En la pintura moderna el socratismo se introdujo lentamente desde el siglo XIX al XX, pero la primera transformación fue la de pasar de ser arte trágico a romántico. En general, desde el renacimiento encontramos en la pintura, lo mismo que en la música, muchas influencias románticas y si no son absolutas, podemos asegurar que en modo alguno la pintura moderna sea trágica más que en la elección de los temas.

Hegel ya incluyó la pintura en el período romántico, junto con la poesía y la música, por su contenido emocional, por su capacidad para excitar los sentimientos, y vio en este defecto el origen del fin del arte que pensó desembocaría en la fe en la religión y en la filosofía; predicción, por cierto, muy desacertada pues la filosofía, como la religión, pertenece a la misma esfera que el arte, que aspira, en sus formas más elevadas, al conocimiento del mundo mediante la comprensión y el final del arte significaría el final de la filosofía. Bien es cierto que la música trágica nada tendría que ver con el romanticismo, pero esa música nos es desconocida. La evolución del arte le llevará, a partir del romanticismo, como hemos visto, a la fe en la ciencia. Pero, mientras tanto, la pintura es representación, a diferencia de la poesía y la música, por lo que es capaz de albergar, en forma sui géneris, los mismos componentes apolíneos y dionisíacos que caracterizaban al arte griego de la tragedia.

Como se recordará, el valor de la tragedia fue disminuyendo a medida que mejoraba la representación de los dioses, a medida que el héroe se definía con mayor nitidez, lo que se traducía en una disminución de la importancia de la música. El dios es, en principio, insinuado; después, simbolizado; finalmente, se vuelve racional. Que un héroe o un dios tengan que razonar, permite exponer al público la necesidad de sus actos, pero el hecho resultante es la necesidad que tienen los dioses de justificarse, lo que les resta valor pues les iguala a los hombres. En este estado alcanzado por el concepto del arte en el que la acción sustituye al Pathos y por ende en el que la importancia de la representación supera a la idea, es en el que debemos entender insertada la representación que hace la pintura y la causa de la superioridad que la atribuimos sobre la escultura. No olvidemos que Nietzsche considera sólo la escultura y la poesía épica como artes apolíneos, y deja fuera de su definición a la pintura.

La pintura es, como la ópera, un arte socrático para espectadores no estéticos que persigue exaltar la emotividad y su desarrollo ha sido parejo al del concepto, necesario este para su concepción, una vez se ha establecido que puede sustituir en el arte a la idea. La técnica pictórica no podría haberse concebido si antes no se hubieran dado las condiciones necesarias para su aparición.

El arte plástico aparece, entonces, como una re-creación de los sentimientos. En pintura, la representación de la expresión, de la gracia, del gesto, de la acción y de la intención de las figuras, muestran, según la capacidad de comprensión del espectador, la idea del hombre, su voluntad. La capacidad evocadora de sentimientos es muy superior en el arte pictórico al del escultórico, pues tiene, a pesar de la aparente limitación del medio, la superficie plana,  una mayor cantidad de recursos, no está supeditada a la ejecución en la materia, la materia se puede representar, no es necesario disponer de ella ni actuar directamente sobre ella, el pintor tiene mayor libertad. Con esos medios puede producir tanto una representación idealizada que emocione, como realizarla de forma idealizada. Por ejemplo, en escultura el volumen y la profundidad se crean, en pintura se representan, se precisa una técnica y  un convenio para aceptar la representación como un signo de la realidad. También permite la pintura completar la representación con todos los elementos del espacio en el que se encuentra, que se pueden elegir o idealizar. Se trata de recursos artificiales que no se rigen por leyes naturales, sus principios son convenios y, por ello, gozan de un campo más amplio. Pero esa libertad representa un peligro, el peligro de no saber sujetarse a la verdad y de salir volando como pájaro que se siente encerrado en una jaula porque no acepta sus límites.

La inmediatez de la representación  hizo olvidar el origen de su existencia, pero existe la necesidad de dar un sentido a la obra. Se busca entonces el efecto, y provocar la sensibilidad emocional parecía ser la finalidad del arte.

El romanticismo utiliza el arte con una finalidad no artística y su uso fraudulento dará lugar a que pueda ser utilizado en el futuro con otros fines. La estética, que no es sino el aspecto visible del arte, cuya identidad se comprende cuando encontramos artes como la poesía y la música sin representación figurativa, adquiere valor independiente del arte, y la era moderna pasa a distinguir dos cuestiones distintas (forma e idea) en lugar de dos aspectos distintos y provocará que lo más concreto, lo perceptible, adquiera relevancia.

Por esta terrible inversión de valores, el efecto pasó a ser causa: la obra, imagen de la percepción de la vida, por lo tanto, el efecto de esta causa, como valor concreto, pasa a ser el origen de las emociones, su existencia es causa de un nuevo efecto que consiste en suscitar la sensibilidad del espectador.