El Museo Guggenheim Bilbao

Publicado el 15 septiembre 2003 | por ArtStudio Magazine | Arquitectura

El nacimiento de una idea

El proyecto de ubicar una sede Europea en Bilbao del Museo Guggenheim de Arte Moderno y Contemporáneo se inscribe en el conjunto de actuaciones desarrolladas por las Administraciones Vascas para contribuir al proceso de regeneración de la estructura económica del País Vasco y potenciar las posibilidades de convertir el área metropolitana articulada en torno a Bilbao en núcleo de referencia de las regiones del eje Atlántico.


El Museo Guggenheim Bilbao constituye uno de los elementos más importantes dentro del plan de reurbanización de la ciudad de Bilbao, junto con otros grandes proyectos concebidos por algunos de los más prestigiosos arquitectos del mundo: la ampliación de la capacidad operativa del puerto, la renovación del aeropuerto de Bilbao encargada a Santiago Calatrava, el Palacio de Congresos diseñado por Federico Soriano, la construcción de un ferrocarril metropolitano, diseñado por Sir Norman Foster, y la construcción de una pasarela peatonal en Uribitarte, sobre la ría, diseñada por Santiago Calatrava.

Este plan también prevé la urbanización de la amplia zona que discurre junto a la ría junto al Museo Guggenheim Bilbao, concebida por César Pelli. El Museo Guggenheim Bilbao es el resultado de una colaboración excepcional entre las Administraciones Vascas y la Solomon R. Guggenheim Foundation que se basa en la complementariedad de sus recursos. La Administración Vasca aporta su autoridad política y cultural y la financiación para la construcción y funcionamiento del Museo, mientras que la Solomon R. Guggenheim Foundation aporta sus colecciones, los programas de exposiciones especiales y su experiencia en los aspectos administrativos y de gestión museística a nivel internacional.

Primeros pasos

Los trámites para materializar la idea del Museo Guggenheim Bilbao comenzaron en febrero de 1991, cuando responsables de las Administraciones Vascas se pusieron en contacto con la Solomon R. Guggenheim Foundation para proponerle su participación en una parte de su plan de revitalización de Bilbao y del País Vasco en general. La propuesta fue muy bien acogida por el Patronato de la Solomon R. Guggenheim Foundation, puesto que ya se había aprobado un programa de desarrollo de la Fundación a largo plazo basado en una estructura con varios emplazamientos en todo el mundo, para crear un grupo coordinado de instituciones culturales.

Tras unos meses de arduas negociaciones, en diciembre de ese mismo año, Joseba Arregi, Consejero de Cultura del Gobierno Vasco, José Alberto Pradera, Diputado General de Bizkaia y Gianni de Michelis, miembro del Patronato de la Solomon R. Guggenheim Foundation, firmaban ya, en el Palacio de la Diputación de Bizkaia, el acuerdo de Servicios de Desarrollo y Programación para el Museo Guggenheim Bilbao.

Puesta en marcha del proyecto

Tras localizar el solar adecuado y elegir al arquitecto que construiría un edificio singular, en julio de 1992 el Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Bizkaia constituyeron el Consorcio del Proyecto Guggenheim Bilbao, cuyo fin sería supervisar la planificación y construcción del Museo, nombrando a Juan Ignacio Vidarte Director Gerente de dicha entidad. En febrero de 1993 se presentó por primera vez el diseño esquemático del Museo proyectado por Frank O. Gehry, culminando con la ceremonia de colocación de la primera piedra el 23 de octubre de 1993. En octubre de 1994 comenzó a levantarse la estructura del Museo Guggenheim Bilbao y antes de finalizar el año se firmó el Acuerdo de Gestión entre la Solomon R. Guggenheim Foundation y las Administraciones Vascas, en virtud del cual se establecieron los términos de su colaboración en relación con el Museo Guggenheim Bilbao.

Finalmente, en noviembre de 1996 la Solomon R. Guggenheim Foundation presentó a las Administraciones Vascas la propuesta del plan estratégico de gestión para el Museo Guggenheim Bilbao para el cuatrienio 1997-2000, iniciándose un proceso de análisis y discusión que culminaría con la aprobación por parte del Comité Ejecutivo de la Fundación Guggenheim Bilbao del Plan Operativo que define las directrices de funcionamiento del Museo para sus primeros cuatro años. Tras la finalización del edificio y su dotación de estructura técnica, el 3 de octubre de 1997 se iniciaba una quincena de actos inaugurales que culminaba el 19 de octubre con la apertura del Museo al público. Transcurrido menos de un año, más de un millón trescientos mil visitantes habían visitado ya el Museo vasco.

La arquitectura al servicio del arte

El edificio está compuesto de una serie de volúmenes interconectados, unos de forma ortogonal recubiertos de piedra caliza, y otros curvados y retorcidos, cubiertos por una piel metálica de titanio. Estos volúmenes se combinan con muros cortina de vidrio que dotan de transparencia a todo el edificio. Debido a su complejidad matemática, las sinuosas curvas de piedra, cristal y titanio han sido diseñadas por ordenador. Los muros cortina de cristal han sido tratados especialmente para que la luz natural no dañe las obras, mientras que los paneles metálicos que recubren a modo de “escamas de pez” gran parte de la estructura son láminas de titanio de medio milímetro de espesor, material que presenta unas magníficas condiciones de mantenimiento y preservación. En su conjunto, el diseño de Gehry crea una estructura singular, espectacular y enormemente visible, consiguiendo una presencia escultórica como telón de fondo al entorno de la ciudad.

El nuevo centro urbano

La entrada principal del Museo se encuentra enfilando la calle Iparraguirre, una de las calles neurálgicas que cruza diagonalmente Bilbao, en un intento de extender el centro urbano hasta la puerta misma del museo. Mediante una amplia escalinata descendente -diseño infrecuente en edificios institucionales- se accede al vestíbulo del Museo, resolviendo de esta forma con acierto la diferencia de altura existente entre la cota de la ría y la del Ensanche de la ciudad, y haciendo factible que un edificio de 24.000 m2 de superficie y más de 50 m de alto, no sobrepase la altura de las construcciones circundantes.

Una ciudad dentro de otra

Una vez pasado el vestíbulo y penetrando en el espacio expositivo, se accede al atrio, uno de los rasgos más característicos del diseño de Gehry, que está coronado por un lucernario cenital en forma de “flor metálica”, del que brota un chorro de luz que ilumina el cálido y acogedor espacio. La terraza, accesible desde el atrio y con vistas a la ría y al jardín de agua, está cubierta por una marquesina apoyada en un único pilar de piedra, con una doble función protectora y estética. Una amplia rampa de escaleras que parte de la fachada posterior, asciende hasta la escultórica torre, concebida para absorber e integrar el Puente de la Salve en el complejo arquitectónico.

Los tres niveles de galerías del edificio se organizan alrededor de este atrio central y se conectan mediante pasarelas curvilíneas, ascensores acristalados y torres de escaleras a modo de ciudad metafórica donde los paneles de cristal que cubren los ascensores evocan las escamas de un pez que salta y se retuerce, las pasarelas que suben por las paredes interiores son como autopistas verticales, y las curvas de escayola que coronan el atrio sugieren los nervios moldeados de un dibujo de Willem de Kooning. En definitiva, todo un artificio de diseño arquitectónico llevado a su límite.

El espacio del arte

El edificio dispone de un total de 11.000 m2 de espacio expositivo distribuido en diecinueve galerías. Diez de ellas tienen forma ortogonal y aspecto más bien clásico, identificables desde el exterior por su recubrimiento en piedra. En contraste, otras nueve salas son de una irregularidad singular y se identifican desde el exterior por su recubrimiento de titanio. A base de jugar con volúmenes y perspectivas, estas galerías proporcionan espacios interiores descomunales que mantienen el singular perfil exterior y por los que, sin embargo, el visitante no se siente en absoluto desbordado. Las obras de gran formato tienen cabida en una galería excepcional de 30 m de ancho por 130 m de largo, libre de columnas y con un tipo de suelo preparado especialmente para soportar el trasiego frecuente y el peso de las obras que aloja. Esta galería vista desde fuera discurre bajo el Puente de La Salve por debajo y se topa en su extremo con la torre que simula abrazar el puente e incluirlo en el edificio.

Existe una estrecha armonía entre las formas arquitectónicas y los contenidos de cada galería. Esto, sin duda, clarifica el recorrido por el interior del museo, que además, gracias al eje central del atrio y a las pasarelas que llevan de una a otra galería permitiendo ver los espacios expositivos desde otras perspectivas, facilitan la ubicación y localización de salas y servicios en todo momento. Al penetrar en el museo, el visitante descubre que bajo la externa complejidad de formas arquitectónicas, se oculta un mundo ordenado y claro donde no pierde su orientación.

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